Hormigas cosmonautas
¿Qué hacen los bichos cuando parecen no hacer nada?
Buenas y santas a todos y a todas.
Les escribo desde un cafecito en Tafí del Valle, Tucumán, con las cumbres calchaquíes asomando justo sobre la pantalla de mi compu. Por estos pagos se encuentra mi segundo hogar que, ojalá, algún día tengan oportunidad de conocer. Arroyos, lago, cerro, yungas, bosque, pastizal de altura, barcitos, kayak, trekking, escalada. De todo, pero de nada de eso les voy a hablar hoy.
Hace unos días cualquiera de ustedes podría haberme encontrado paseando por el terreno de mi madre. En ese cacho de planeta Tierra crecen cosas: algunas por su cuenta, algunas por cuenta de mi mamá. Está la zona de la huerta, hoy con algunas espinacas y acelgas, algunas zanahorias, la planta de romero, los oréganos ya florecidos y unas lindas dalias. El sagrado arca yuyo (Dysphania mandonii) crece donde se le antoja. También hay árboles: dos hermosos sauces, uno de ellos copado de helechos, y un aliso. Bajo este último es donde me hubieran encontrado más interesado. A su sombra existe un arreglo artificial: unas rocas puestas adrede, un par de cactus, un fosforito (planta muy linda del género Kniphofia) y una de las protagonistas de esta historia: el cosmos. No me refiero al mismísimo universo ni tampoco a la serie o el libro de Carl Sagan. Hablo de una planta ornamental cuyo nombre cheto, o científico, es Cosmos bipinnatus, muy conocida y muy empleada para embellecer los jardines.
No es novedad que me atraigan las flores, pero las flores del cosmos tenían algo distinto: hormigas. Hormigas negras, las clásicas hormigas negras y culonas de grandes mandíbulas. Este último atributo, si mis conocimientos zoológicos no fallan (y tranquilamente pueden), habilita la obtención de uno de sus más preciados recursos: cachitos de hojas. Hormigas cortadoras de hojas sobre una planta. “Ah”, pensé cual erudito, “deben estar cortando hojas”. Vi unas cuantas sobre varias de las ramas, pero me centré en una sola de ellas: por ahí andaba, rondando el cosmos como una verdadera cosmonauta. Sin embargo, algo raro (o para nada raro) pasaba: solo rondaba, no hacía nada más que rondar.
No todos los que andan vagando están perdidos, dijo una vez un gran mago, pero para mí esa pobre hormiga estaba verdaderamente perdida. Subió por el tallo, pasó de largo las hojas y llegó a la base de las flores. Allí, después de algunos giros, emprendió la bajada. En algún punto se arrepintió de su camino descendente y retomó el ascendente. Lo mismo: base de las flores, unas vueltitas y hacia abajo de nuevo. Me olvidé de ella, un caso perdido de la comunidad hormigueril, y pasé a la siguiente. Para mi sorpresa se repitió la secuencia con una segunda hormiga, pero, a diferencia de la primera, esta se detuvo en alguna que otra hoja. En unos instantes la cruzó de punta a punta, siguió el camino del ascenso y en la base de las flores se convirtió en otra curiosa. Su derrotero fue el mismo que el de la anterior. Lo mismo con una tercera y, como sabemos, tres ya es multitud. ¿Qué diantres les pasaba? ¿Qué clase de misterio surca el cosmos de las hormigas y hace que transiten los cosmos solamente por el hecho de transitarlo? ¿Qué pieza de información me está faltando para desentrañar este intríngulis?
Lo cierto es que, mientras escrutaba las hormigas y dudaba, también tenía una certeza: no iba a googlear. No quise saciar mi sed de respuestas y aplacar mi curiosidad con una búsqueda en la red de redes. No, en ese momento mi mood era otro: no el de buscar la respuesta, sino el de formular la o las preguntas. Quería preguntar y quería dudar. ¿Dudar de qué? Bueno, en primer lugar, dudar de lo que pensé que sabía: esas hormigas cortadoras de hojas no estaban en el cosmos cortando hojas. Quizás no estaban recolectando cachitos de hojas o quizás, de entrada, no eran hormigas cortadoras de hojas. Quién sabe. Yo claramente no lo supe y aún no lo sé. Pero en el fondo, dentro mío, surgían esas voluntades: la de preguntar y la de dudar.
A mí me gusta mucho la observación. La atenta observación, esa que va más allá de mirar y muchísimo más allá de ver. Es ese comulgar con el objeto, sujeto, quimera o situación que acontece frente a tus ojos y contemplar la masividad de factores que lo circundan y que podrían estar incidiendo sobre él. Es ver con ojos de naturalista, es tocar con antenas de hormiga, es percibir con la sensibilidad de un tallo, es dejar que el viento susurre algún secreto que la naturaleza no se haya podido guardar y, aun así, no entender de qué se trata. Eso viene después, mucho después. O tal vez nunca.
Ey, ¿y eso? Una hormiga se detuvo unos instantes en la base foliar, esa sección de la hoja que se une con el tallo. Se quedó ahí, un segundo o menos, no sé. Pero se frenó. La seguí y ella siguió subiendo. Llegó a las flores, nunca por encima de ellas sino por debajo, pegó media vuelta y, en su descenso, OTRA VEZ frenó en la base foliar. Me fui inmediatamente a otra hormiga. Y a otra y también a otra. Y más o menos el patrón se repetía. Algo en la base foliar, esa región nexo entre dos órganos, que en el cosmos se presenta ligeeeramente engrosada y de un verde más blanquecino (¿el verde clarito apagado tirando a blancuzco les gusta como color?). ¿Será eso? ¿Será la carnosidad de la base foliar algo que les llama la atención? ¿Por qué el resto de la hoja no produce el mismo efecto?
Llegan memorias, llegan charlas, llega información. Cómo no pensar en mi codirectora de doctorado y su fascinación por las cosas que vuelan y dan señales. No es que sea fanática de las balizas en los aviones, sino de los compuestos volátiles de las plantas: son sustancias que much(ísim)as plantas pueden producir, liberar al ambiente y emplearlas para comunicarse. Estos mensajes pueden darse entre los órganos de una misma planta, entre distintas plantas de una misma especie, entre plantas de especies distintas o incluso entre plantas y animales. Muchas plantas son capaces de liberar compuestos volátiles para espantar herbívoros, así como otras pueden hacerlo para atraer insectos benéficos. ¿Irá por ahí el misterio de las hormigas cosmonautas? ¿Existirá algún tipo de mail cuyo formato es incomprensible para un primate como yo? ¿Será una señal que las mismas hormigas reciben pero que no pueden decodificar? ¿O nuevamente estaré razonando fuera del recipiente y todo este hilo de preguntas no tiene sentido biológico alguno? ¿Y la moto? ¿Y Candela?
Pasaron unos días y, recorriendo el jardín con mi madre, pasamos por otra matita de cosmos. Florcitas hermosas acechando en los extremos de sus tallos. Mi mamá comenta algo sobre el cerco, pero la tuve que interrumpir: “¡Este cosmos tiene pulgones!”. Ella se quedó en silencio mientras yo me zambullía entre las flores como martín pescador en una laguna. Pulgones, esas pequeñitas criaturas de la familia de los áfidos que se alimentan succionando jugos vegetales, cubriendo los tallos justo bajo las flores. ¿Y a que no adivinan quiénes más estaban ahí? Exacto: las hormigas. Las mismas hormigas que había visto aquel otro día en aquel otro sector del jardín, recorriendo la zona infestada de pulgones y deteniéndose sobre ellos, haciendo algo. Digo algo, porque no sé qué es lo que hacían. Cualquiera podría pensar que, tal vez, se alimentan de alguna manera de ellos. Lo cierto es que los pulgones permanecían donde estaban sin sufrir ningún tipo de secuestro. Era como si las hormigas los acariciaran con sus temibles fauces. Como si los saborearan. ¿Será que de los pulgones o de su interacción con la planta surge… algo? ¿Segregan algún pegote? ¿Alguna sustancia llamativa para las hormigas? ¿Qué hacen las hormigas pulgonautas que parecieran no ser más que una molestia para esos pequeños enanitos verdes?
Yo no sé si estas hormigas se valen de los pulgones para alimentarse o algo por el estilo. Pero de verlas en esas zonas pulgoneadas me surgen nuevas inquietudes: si tuviéramos las cajas “hormiga”, “pulgón” y “cosmos” y quisiéramos conocer cómo interactúan, ¿cómo serían las flechas que las conectan? ¿De dónde hacia dónde, y por qué? Además… ¿Qué hacían las hormigas en los cosmos sin pulgones del principio de esta historia? ¿Buscaban pulgones? ¿O acaso el cosmos pulgoneado se “comunicó” con el cosmos no pulgoneado y éste liberó alguna defensa anti-pulgones que, a su vez, atrajo a las hormigas? ¿Qué diantres frena a las hormigas en la base foliar de estas plantas? Muchas preguntas, ¿no?
Por mi parte, estoy emprendiendo la vuelta a Buenos Aires. Las hormigas siguen jugando a ser Yuri Gagarin en un cosmos que sigue ahí, en ese jardín del Tucumán. Me siento conforme con mi insatisfecha curiosidad pero me siento todavía más conforme con la sapiencia de que, tal vez, vuelva a Tafí, me haga un mate, me siente frente al cosmos y siga dudando y preguntando sólo por las artes de dudar y preguntar.
Hasta el próximo misterio sin resolver.
Yago.




