Ese maldito yuyo
Sobre las plantas que crecen donde se les canta.
Buenos días, tardes o noches.
Por más que se quiera mantenerlas a raya, las plantas son seres vivos con metas claras: sobrevivir, reproducirse y, en algunos casos y según quién, molestar. Los yuyos aparecen en los canteros, macetas, jardines, campos y en todo sistema donde exista un contraste entre esa planta que queremos tener y esas otras que no pretendíamos encontrar. En esta edición de la Célula Rebelde vamos a hablar de plantas rebeldes. Síganme los yuyos.
¿Qué es un yuyo?
Nuestra primera parada es terminológica. La palabra yuyo viene del quechua yuyu que significa hortaliza o hierba y parece que se empleaba para referirse a las especies silvestres (no cultivadas) comestibles y medicinales. En la región del Plata (Argentina y Uruguay) usamos la palabra yuyo para señalar, justamente, a los individuos de especies que no fueron cultivadas allí donde los vemos crecer. Los términos maleza y mala hierba apuntan a un significado parecido: especies no deseadas que, además, pueden producir inconvenientes de alguna índole, en general económicos o estéticos. Hablemos entonces del deseo… una misma especie puede ser deseada en un contexto e indeseada en otro, y eso dependerá exclusivamente del observador y de su sistema de ideas. Tenemos, por ejemplo, al gramón o pasto Bermuda (Cynodon dactylon), una de las gramíneas más populares a la hora de cubrir plazas y jardines (deseada) pero también una de las malezas más perjudiciales en el campo (indeseada) y de las más invasoras en pastizales naturales (otra vez indeseada). Un problemón el gramón.

Quedamos en que el ser del yuyo, la maleza o la mala hierba es dependiente del contexto. No estamos tratando con un concepto botánicamente estricto ni tampoco hay especies que por naturaleza sean yuyos y otras que no. Todo va a depender de nuestra perspectiva, de nuestras ideas y nuestros deseos. Y esto es muy importante porque nuestras perspectivas, ideas y deseos chocan continuamente. Volvamos al ejemplo del gramón: para quien busque un césped que con bajo mantenimiento pueda mantener cortito y uniforme para tirarse a tomar sol o para que los pibitos jueguen a la pelota, sería una especie deseada. Esta persona probablemente no perciba de la misma manera a aquellas especies que salpican su ordenado césped, como los dientes de león (género Taraxacum sp.), llantenes (Plantago sp.) o tréboles (Trifolium sp.), que vendrían a ser (sus) yuyitos. Algo parecido ocurre en un campo en que se produce lo que ustedes quieran (trigo, maíz, soja, girasol, etc.) y que aparece salpicado de otras especies no deseadas: sorgo (Sorghum halepense), rama negra (Erigeron bonariensis) o algún cardo (Cirsium vulgare, Carduus acanthoides). Si esas especies indeseadas compiten por la luz, el agua, los nutrientes y el espacio con los deseados cultivos, lógicamente se habrán de extremar las medidas para controlarlas.

Los patios, canteros o jardines dejados a su suerte con frecuencia son percibidos como un yuyal o un yuyerío. Y es cierto: bajo los preceptos que dictan cómo debería ser un espacio verde bien cuidado, todo lo que crece por fuera de un diseño particular vendría a ser puro yuyo. Esta visión se corresponde fuertemente con un ideario del control de la naturaleza por parte de los humanos y que se manifestó con todo en la época dorada de los jardines botánicos victorianos: espacios verdes bajo un control estricto y extremo de las cosas que crecen y las que no. En general, especies exóticas con flores de lo más pitucas las primeras y plantas que sencillamente no cuadran en el sentido de belleza del momento las segundas. Miren qué profundo calan esas ideas que, uno o dos siglos más tarde, el empleo de muchísimas especies de nuestra flora ornamental se basa en aquellas percepciones de lo que es bello y cómo debe ser manejado. La imposición cultural de lo deseado y lo indeseado penetra hasta el fondo de nuestras propias macetas.

Instrucciones para ser un yuyo exitoso
Ellos aparecen por doquier: en el baldío más cascoteado y en el más abandonado de los campos, dentro de esa diminuta raja en la vereda y también en el cantero más cuidado. Aunque sea el más duro de los concretos o la más muerta de las tierras, pum, ahí salta un pastito, allá un par de hojitas. Toda una osadía, sin duda. Pero… ¿de dónde corno vienen? Esta pregunta tiene una primera y clarísima respuesta: de una semilla, espora u otra estructura reproductiva (a cualquiera de estos elementos podemos llamarlos propágulos). No hay mucha más vuelta que darle porque la creación de vida por generación espontánea la dejamos atrás hace muchísimo tiempo. Si hoy, ahora, vemos una plántula creciendo entre un par de baldosas es porque allí pudo llegar (o fue llevado) algún tipo de propágulo. Al movimiento de propágulos desde la planta madre hasta el sitio en que potencialmente se establecerán lo llamamos dispersión y la vegetación ha desarrollado una enorme batería de estrategias para llevarla adelante (tema para una próxima edición). Esta es entonces la primera barrera que los nuevos individuos deben sobrepasar para establecerse en algún sitio. Ya sea volando, planeando, dentro de la maceta que trajiste del vivero, atrapados en la suela de algún zapato o entre los pelos, plumas o heces de un animal: para estar, hay que llegar.

Una vez que el propágulo alcanza el sitio, comienza otra aventura: hay que sobrevivir ahí donde, por destino o por fortuna, le tocó caer. La teoría ecológica nos indica que, para aguantar donde se encuentre, la nueva plantita necesitará ser capaz de aprovechar y soportar su entorno físico inmediato. Esto define la existencia de un filtro abiótico: una serie de condiciones ambientales impuestas por cosas que no están vivas y que permitirá, o no, la continuidad en vida del yuyito. La luz, la temperatura, la humedad, la disponibilidad de tal o cual nutriente, entre otros, son factores abióticos de los que una planta debe ser capaz de valerse (recibir suficiente luz o una dosis adecuada de agua) pero también de tolerar (como el exceso o la falta de luz o mucha o poca humedad). Si en la más desvencijada pared de ladrillos nos encontramos un pequeño culantrillo (Adiantum capillus-veneris) creciendo a sus anchas, posiblemente ese sitio esté satisfaciendo sus requerimientos de luz y humedad pero, al mismo tiempo, no se esté zarpando en luminosidad o sequedad. ¿Y si se zarpa? Bueno, puede pasar: estos factores varían en el tiempo (minutos, horas, días, semanas) y así también variará el desempeño del yuyito. Si el saldo es positivo, dale que vamos. Si es negativo… bueno, le deseamos mucha suerte.

Hablamos de la dispersión y de factores ambientales no vivos, fenómeno. Nos queda una última instancia que ese yuyo rebelde debe ser capaz de aguantar: la vida en sociedad. Una buena parte de la complejidad de la naturaleza responde a la(s) intrincada(s) red(es) de interacciones entre los seres vivos. No existen—y si los hay, compartan esa data— organismos que habiten el mundo sin vincularse directa o indirectamente con otros. Tipos de vínculos hay varios y una lista no exhaustiva incluye la competencia, el parasitismo, la depredación, las simbiosis y unos cuantos más que definirán al denominado filtro biótico. Desde la perspectiva de una planta podemos pensar en que ahí, en ese cantero, zanjón o rajadura que alcanzó y donde, creemos, el ambiente satisface sus necesidades básicas, existirán otros individuos (vegetales o no) que pueden facilitar o perjudicar su humilde existencia. Podemos citar el sombreo que ejerce una planta más grande y que, según nuestro yuyito, puede ser positivo (si alivia la exposición al calor) o negativo (si le tapa demasiado la llegada de luz). Los animales pueden picotear, escarbar, pisotear, rasguñar, morder, arañar, orinar o excretar allí donde el yuyito logró echar raíces. Los humanos también somos parte de estas interacciones: ofrecemos sitios (baldíos, macetas abandonadas, jardines olvidados, bordes de caminos) y recursos que podrán ser aprovechados o disputados por tal o cual especie. Pufff… ¿Por tanto tenía que pasar a un par de hojas?

Corolario de la mala hierba
A modo de síntesis, hoy abordamos dos temas principales. Por un lado, charlamos sobre la consideración del contexto a la hora de definir a nuestros yuyitos como tales. Los designios de la naturaleza han determinado la existencia de plantas que, en cierto tiempo y cierto lugar, no son de lo más apreciadas por nosotros. Sin embargo, de algún modo nos hemos de referir a ellas. Las valoraciones serán tanto individuales como culturales, pero ahí están, y es —en mi opinión— un buen ejercicio intentar descifrarlas para entender desde dónde estamos hablando.
Por otra parte, dimos un pantallazo introductorio a la que en ecología conocemos como teoría de filtros ambientales o ecológicos. La misma nos indica que no todas las especies —ni todos los individuos de una especie— van a lograr llegar (dispersarse), sobreponerse a las condiciones ambientales (filtro abiótico) ni soportar a los vecinos (filtro biótico) de un sitio en particular. Si bien el marco de esta disertación escrita fueron los yuyos, les confieso que este conjunto de ideas es utilizado para intentar comprender cómo se ensamblan las comunidades de plantas mucho más allá de nuestras macetas.
La sola existencia de una plántula creciendo entre una baldosa y el cordón de la calle encierra una gran historia que incluye estrategias, caprichos ambientales y muchísimo azar. Emplear un enfoque ecológico para percibir e interpretar nuestro entorno inmediato, creo, nos permite darle una vuelta de rosca para hacerlo mucho más interesante. Y al final —creo x2— de eso se trata todo esto: hacer al mundo, día a día, un poquito más interesante.
Les saluda su yuyólogo amigo.
Yago.



aguanten las plantas que rompen el cemento, que crecen donde quieren y van en contra de todo colonialismo botanico tkm amigui está hermoso esto <3